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jueves, 3 de octubre de 2019

"Que las cosas fabriquen sus finales", de María Gravina

me encontré con su libro.
celebro su libro.

Que las cosas
Que las cosas fabriquen
Que las cosas fabriquen
                    sus finales

muchas gracias por sus poemas
(aunque no eran para mí)

los pienso como un balazo de vida.
muchas gracias.

(yo pienso hasta las balas)
(piense un momento: la bala no es un exabrupto
                       -la bala mortal-
la bala, como su poema "Plegaria",
ha sido una palabra escarolada
                        hasta volverse la guerra.
usted podría decirme: "La guerra sólo le ocurre a los pacíficos".
Yo encuentro su libro. Bebo su libro. Lo celebro. Muchas gracias)

muchas gracias

quizá iban al tiroides de alguien
                       o algo.
lamentablemente (tengo entendido)
todas las balas van al hígado.

muchas gracias, señora María Gravina.
yo soy un hígado. (amargo)
(amargo)
(amargo)

ahora sus poemas son míos.

domingo, 1 de octubre de 2017

"El astillero", de Juan Carlos Onetti

No recordaba lo hermosamente implacable y ruin que es la escritura de El astillero. Su cadencia, su meneo, agrio, inefable y al mismo tiempo bañador de templos, que avanza como lo hace la espiral de una barrena, que sin moverse gira y avanza; su respiración: hay en esta historia tan respirada el fundamento de lo absurdo, algo que es una mezcla de germanía habitual con la ternura del sísifo en el momento exacto en que ve alejarse, cuesta abajo, su piedra (que también es nada más su palabra piedra alejándose, cuesta abajo, de la escopeta de su boca).

Con cada relectura de El astillero asoma una nueva capa sobre el lienzo de esta escritura, y en ella va nuestro diálogo larseniano sobre nuestro propio astillero, nuestra empresa imbécil, algo semioculta entre la selva de nuestros vicios, ya lustrados muchas veces, y siempre a punto de desbarrancarse por la impericia de un juzgado, un trámite, o una señorita que de pronto decide querernos. En este libro de autoayuda, el primero y único de este tipo escrito por Onetti, están todas las claves de nuestra furia. Léalo. Y luego lárguese de nuevo, con su mierda redonda, montaña arriba.

sábado, 16 de septiembre de 2017

"Nadie nada nunca", de Juan José Saer

Es revoloteo sobre los cuerpos, donde vas a encontrar que el cuerpo, el verdaderamente cuerpo, no es más que el río vocal saeriano que modela entre sus bucles la sustancia de Nadie nada nunca. Aquí la anécdota está sobreseída, y a quien acusamos es a la palabra vertida río, que Saer teje alrededor de un puñado de movimientos diegéticos: unas escenas en la playa, una muerte, uno o dos misterios, una asfixia. Discúlpenme si soy demasiado bello al escribir esto.

Saer se dedica a moldear este puñado de escenas desde diversos puntos de vista, mientras reintroduce, de forma casi metronómica, cuadros y gestos estéticos que tornan a ocupar un lugar monolítico a lo largo de la obra: el río liso, el cuadro de la playa frente a la casa de Gato Garay, la isla polvorienta, el calor de febrero y su abrasamiento mental, volátil. La elección de estos cuadros y el trabajo técnico de estos cuadros logran que su bicicleteo constante en la historia produzca una danza verbal de un bellísimo efecto: sabemos que el misterio está tejido, sabemos que detrás de los cuadros y en el intersticio de las escenas bucea la política revisando cada sintagma y cada ideologema; y sin embargo nos arrastra el río liso, el bronce de las pieles, nos cautiva la arritmia de una muerte, la asfixia de la política, el caos de los ligustros.

Este libro no está pensado para los que adoran el renglón seguido, la jungla familiar, la física para ir desde A hasta B. No sirve para ordenar el orden en la mesa. Lamentablemente hemos perdido el manual instructivo. Si hablábamos de con qué comida tomar cuáles vinos, hemos perdido el manual. Bien, este libro no es para ellos, entonces.

¿Ya he dicho que no me amedrenta mi belleza?

Habría que aprender de libros como éste.

lunes, 29 de junio de 2015

"Las manos de Eurídice", de Pedro Bloch

Asistí a la interpretación de "Las manos de Eurídice", de Pedro Bloch, que puso en escena Cristian Thorsen, actor argentino que en única función -y dirigiéndose a sí mismo- se apoderó del viejo Teatro Victoria, de la calle Río Negro, casi Uruguay.

Notable actuación de Thorsen. Repito: Notable. Como si su objetivo fuese el desplegar todo el repertorio contenido en su ser y en sus talentos, Thorsen se apodera de la obra de Bloch y la va ejecutando lentamente, con su personal in crescendo, para culminar en el núcleo crítico del texto sin que se aprecie ninguna de las costuras que implica tal factura.

Desde el gen de lo canallesco, pasando por la timidez de la víctima, la dulcedumbre del verdugo o la herejía del que sobrevive, el personaje de Thorsen utiliza su cuerpo y sobrevuela todas las aguas de la dramaturgia para establecerse en un universo dramático que engulle al público.

Hay que aquilatar un poco este logro: la obra, una ejecución unipersonal en dos actos, requiere considerable talento por parte del artista para evitar que caiga en una parrafada idiotizante cuya licuefacción teatral sólo llevaría a liquidar el texto de Bloch. Thorsen posee estos talentos; conecta con el espectador, lo involucra, lo hace partícipe, pero no de una manera achatada e inconsecuente, sino con el tacto que la obra de Bloch exige para que su ejecución sea pausada, reflexiva, con los tiempos idóneos. Thorsen no establece simplemente la tensión en el espectador: utiliza todo su cuerpo para ser el pensamiento de la tensión mismo.

La gestualidad y la vocalización de Thorsen son de enorme estudio y de excelente ejecución: el mecerse en la obra sin apurar el cenit y sin forzar el nadir; el saber equilibrarse al momento de elevar la voz, de utilizar los ojos, de estudiar sus manos. No abusa de su violencia muscular ni se desgasta en la pusilanimidad del balbuceo, la repetición o el achaque. Hasta el sudor que transpira parece frotarse con el texto, como ejecutando el pacto. La puesta en escena toda es un tour de force de la gestualidad artística que debe poseer un actor de teatro para merecer ese nombre.

He aquí lo mágico del talento de Thorsen en esta noche: te envolvía en su energía y te hacía desear, por un momento, el ser actor de teatro. En ciertos momentos, el texto de Bloch se volvía la excusa que ese hombre utilizaba para que quienes habíamos asistido deseáramos ser el personaje desarticulado, complejo y damnificado de su propia mente, que era el ser, el mínimo ser que Bloch le había obsequiado esa noche.

Espero tener la oportunidad de volver a presenciar a Thorsen en Uruguay. Su talento es de lo mejor que he visto en tiempos recientes. En cada obra, en cada actuación, en cada gesto o movimiento de manos, allí siempre hay un espectador agazapado, cruel, dispuesto a traicionar al actor. Thorsen aparece en guardia, y su lid nos llega hasta lo íntimo, sin aviso. Notable